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PIEZA DEL MES - MAYO 2015

Procesión de papel
Grabado calcográfico a buril
20,8 x 13,7 cm
Marcos Orozco 
1705
Monasterio de Santa María del Valle, Zafra

 

 

La difusión de la estampa religiosa alcanzará una gran relevancia, en el Barroco hispano, como reclamo devocional entre unos naturales ávidos de lo transcendente.

En el discurrir de los siglos XVI al XVIII, se abrieron numerosas planchas encabezadas con la expresión «Verdadero retrato…» o copia fiel de las efigies sagradas veneradas en iglesias y santuarios afamados.

Como eran asequibles para las clases populares, se convirtieron en uno de los recuerdos indelebles que los devotos se llevaban a sus hogares y, enmarcadas, tutelaban sus salas o alcobas para mantener la piedad familiar.

Una de esas imágenes, entonces, celebérrimas era la de la Virgen de los Remedios, venerada en el convento trinitario de Fuensanta, en la actual provincia de Albacete, de la que se abrieron cerca de diez planchas, una de las primeras en Roma (1665).

Al menos dos buriló el madrileño Marcos Orozco (1622-1707), un «grabador de láminas á buril con mediano gusto é inteligencia de dibuxo», cuya condición de presbítero le llevaría a especializarse en estampería devocional.

La pieza que contempla, fechada en 1705, representa con cierta ingenuidad la procesión que, en mayo, trasladaba la imagen a la villa de La Roda, de la que era su patrona.

En primer término, en un templete sobre andas, vemos a la Virgen saliendo de la iglesia conventual. Va flanqueada por la comunidad trinitaria, que porta velas y un palio, y precedida por la cruz con su manga y ciriales. El pueblo, delante, conforma una ordenada procesión con velas, estandartes y pendones que serpea entre edificios imaginarios y devotos que se acercan y arrodillan.

En un ángulo, por cima del edificio conventual, la milagrosa aparición de la Virgen sobre una fuente.

 

Textos:

«VERDA[der]o R[etra]to DE N[uestr]a S[eñor]a DE LOS REMEDIOS DE LA / Fuensanta como ba en proçesion a la Roda. / Marcus Orosco Delin[ean]t et Sculp[si]t. / Presb[it]er etatis sue 83  M[atri]ti 1705»

 

 

 

 

 

Del 1 al 31 de mayo, en el horario del Museo. Galería Alta

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PIEZA DEL MES - ABRIL 2015

Potencias
Plata repujada en su color
21,5 x 12,2 cm
José Blas Rivero
Taller badajocense
1775
Monasterio de Santa María del Valle, Zafra

 

Marcas: del artífice José Rivero (RIVErO), acompañada del cronológico 75.

 

Es usual que las imágenes pasionales de Jesús se coronen con tres rayos: son las potencias. Un distintivo cristológico que, aunque se desarrolla en el Barroco, hunde sus raíces en la iconografía y en el pensamiento cristiano medievales.

Hacia el siglo V-VI, surge el nimbo crucífero, un círculo o aureola con una cruz inscrita, que se ponía sobre la cabeza del Salvador para distinguirlo del resto de los santos. Pero, como eran imágenes pictóricas y su cabeza solo dejaba visibles tres de sus brazos, con el tiempo se aislarán del nimbo y transmutarán en rayos de luz. Paradigmáticos son los que aparecen en la Pequeña Pasión de Durero.

Su simbolismo se ha relacionado con la Santísima Trinidad o con la triple condición de Jesús: profeta, sacerdote y rey. Mas parece que hunde sus raíces en el pensamiento aristotélico, tamizado en las obras teológicas medievales: las tres potencias intelectivas del alma (memoria, entendimiento y voluntad), que dotan al individuo de las capacidades de pensar y ser libre, en Cristo -como verdadero hombre- habrían alcanzado su más alta expresión, tanto que le facultaron para soportar el trance sobrehumano de la Pasión.

Ya a comienzos del XVII, las potencias empezaron a materializarse en madera y latón y, después, en plata, cuyo brillo reafirmaba el carácter sacro de la imaginería dolorosa de Cristo. Las que contempla constan de un nudo, ornamentado con ces, rocallas y formas vegetales, del que arrancan tres haces de rayos lisos biselados. Son obra de José Blas Rivero (1747-1817), el mejor platero dieciochesco de Badajoz, cuyo estilo evoluciona en el tiempo de la fantasía rococó a la sobriedad neoclásica.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hasta el 30 de abril. Galería alta del Museo

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PIEZA DEL MES - MARZO 2015

Relicario de san Gregorio Magno
Madera policromada, dorada y estofada, cristal y telas
31 x 21,5 x 13,5 cm
1601-1603
Monasterio de Santa María del Valle, Zafra

 

 


En un occidente europeo ocupado por los pueblos germánicos, en el que entre los cristianos anidaban la confusión, la indiferencia espiritual, las dudas o la desesperación propia de los cambios de ciclo, vivió el papa san Gregorio, al que la tradición llamó el Magno, uno de los cuatro Doctores de la Iglesia.

Fallecido en Roma el 12 de marzo de 604, en su vida hay un constante alejamiento de lo mundano y una necesidad de retiro espiritual, que le llevaría al reparto de sus bienes y a la fundación de un monasterio benedictino en el que profesó. Una clausura de la que fue sacado, contrariando su voluntad, al ser elegido papa.

Aunque nos legó una extensa obra (Epístolas, Diálogos, Moralia…), es más conocido por la compilación del Antifonario Gregoriano y por atribuírsele el alivio de las almas del purgatorio con la celebración de misas conocidas como treintena gregoriana.

Mil años después de su muerte, restos suyos pasaron a formar parte de la colección de reliquias reunida por los Duques de Feria. Y, dentro de este busto-relicario, llegaron a Zafra para su veneración en el convento de Santa Clara.

Aunque san Gregorio nunca llevase tiara, pues esta no surge hasta el siglo VIII, la porta en el busto como símbolo de la dignidad y autoridad del Sumo Pontífice. Es un gorro cónico al que se acomodan tres coronas y del que penden, por la espalda, dos cintas: son las ínfulas de los consagrados, traídas de la tradición pagana.

Sobre los hombros cae la capa pluvial como si presidieran una ceremonia litúrgica y, en el pecho, a modo de broche, una teca oval con vidriera permite ver los santos restos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Galería alta del Museo. Hasta el 31 de marzo

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Relicario de san Gregorio Magno

Madera policromada, dorada y estofada, cristal y telas

31 x 21,5 x 13,5 cm

1601-1603

Monasterio de Santa María del Valle, Zafra

 

 

En un occidente europeo ocupado por los pueblos germánicos, en el que entre los cristianos anidaban la confusión, la indiferencia espiritual, las dudas o la desesperación propia de los cambios de ciclo, vivió el papa san Gregorio, al que la tradición llamó el Magno, uno de los cuatro Doctores de la Iglesia.

Fallecido en Roma el 12 de marzo de 604, en su vida hay un constante alejamiento de lo mundano y una necesidad de retiro espiritual, que le llevaría al reparto de sus bienes y a la fundación de un monasterio benedictino en el que profesó. Una clausura de la que fue sacado, contrariando su voluntad, al ser elegido papa.

Aunque nos legó una extensa obra (Epístolas, Diálogos, Moralia…), es más conocido por la compilación del Antifonario Gregoriano y por atribuírsele el alivio de las almas del purgatorio con la celebración de misas conocidas como treintena gregoriana.

Mil años después de su muerte, restos suyos pasaron a formar parte de la colección de reliquias reunida por los Duques de Feria. Y, dentro de este busto-relicario, llegaron a Zafra para su veneración en el convento de Santa Clara.

Aunque san Gregorio nunca llevase tiara, pues esta no surge hasta el siglo VIII, la porta en el busto como símbolo de la dignidad y autoridad del Sumo Pontífice. Es un gorro cónico al que se acomodan tres coronas y del que penden, por la espalda, dos cintas: son las ínfulas de los consagrados, traídas de la tradición pagana.

Sobre los hombros cae la capa pluvial como si presidieran una ceremonia litúrgica y, en el pecho, a modo de broche, una teca oval con vidriera permite ver los santos restos.

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PIEZA DEL MES - FEBRERO 2015

Turíbulo
Plata en su color, repujada, grabada y con labores mecánicas
80 x 11,5 cm Ø máx.
Francisco de Paula Martos
Taller cordobés
1824
Monasterio de Santa María del Valle, Zafra


En la Liturgia, el seglar que acompaña y sirve al celebrante es el acólito, que para ello ha recibido la superior de las órdenes menores que establece la Iglesia. Si bien, vulgarmente, se conoce así al «monacillo que ayuda al sacerdote quando celebra Missa». Entre ellos está el turiferario, así llamado por portar el turíbulo o incensario, en el que se quema el incienso, y la naveta o vaso que lo contiene.

El turíbulo es un braserillo, suspendido con cadenas y cerrado con una tapa perforada, que permite sahumar o expeler el humo perfumado del incienso para purificar algo o a alguien o para que en su ascensión se torne plegaria al Altísimo.

Se utiliza en las misas, procesiones u oficios litúrgicos solemnes, siguiendo un preciso ritual que el acólito turiferario debe conocer, desde quién pone el incienso o en qué momentos ha de incensarse.

La pieza sigue un modelo de incensario neoclásico, realizado en 1824 en el taller de platería cordobés de Francisco de Paula Martos.

Cuelga de un manípulo circular troncocónico, con una gran anilla como remate para prenderlo. De él caen cuatro cadenas: tres sostienen el quemador y la tapa y, una cuarta, permite levantarla y esparcir el incienso sobre las brasas.

El quemador posee una base circular sobre la que asienta un cuerpo convexo gallonado y un tambor moldurado y ornado con guirnaldas. La tapa o cuerpo del humo es acampanado con motivos ornamentales calados: cenefas trenzadas y motivos geométricos que enmarcan y alternan óvalos y margaritas. Se remata con un casquete de hojas lanceoladas y una anilla.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hasta el 28 de febrero. Galería alta del Museo

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