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PIEZA DEL MES - JUNIO 2013

 

Visita del Niño Jesús a san Antonio de Padua

Óleo sobre lienzo y madera
52,5 x 39 cm
Siglo XVIII

Monasterio de Santa María del Valle, Zafra

jun13a

 

Uno de los santos más venerados del santoral franciscano es, sin lugar a duda, san Antonio de Padua. Como taumaturgo o milagrero, su nombre se invoca para casi todo: ante las enfermedades, el hambre, para navegar con buen viento o cuando se pierden cosas...

Fallecido en 1231 y elevado al siguiente a los altares, la vida del santo y los prodigios obrados por su intercesión o atribuidos han conformado una leyenda que se formó y difundió en el siglo XV.

La iconografía nos lo suele mostrar joven, barbilampiño, tonsurado y vestido de sayal. Una imagen ascética alejada de la corpulencia que tuvo, según un cronista de la época, y corroboran sus restos venerados en la basílica patavina.

A esta apariencia idealizada, que acaba definiéndose en el arte barroco de la Contrarreforma, se le suman una serie de símbolos como el libro, que alude a su magisterio y doctrina, o la rama de lirio, a su pureza virginal.

Pero es la figura del Niño Jesús el atributo más popular que acompaña, a partir del siglo XVI, a la imagen del santo. Sentado o de pie sobre un libro, acogido a sus brazos o apareciendo entre nubes, resplandores y ángeles, el Niño Dios atrae su mirada extasiada, como puede verse en el lienzo.

El milagro sucede en un escenario clasicista que, tal vez, aluda al castillo del conde Tiso en Camposampiero, una comuna cercana a Padua, donde el santo fraile había sido acogido unos días y su anfitrión cuenta fue espectador del prodigio.

 

Restaurada en 2012 por Antonio Lara Luque, del Departamento de Restauración de la Facultad de Bellas Artes de Sevilla, por encargo de la Dirección de Patrimonio Cultural de la Consejería de Educación y Cultura del Gobierno de Extremadura.

 

 

 

PIEZA DEL MES - MAYO 2013

 

Huella del pie de la Virgen   
Seda, hilos, tinta, madera y cristal
29,3 x 37,2 cm
Siglo XIX
Monasterio de Santa María del Valle, Zafra

 

Aunque la Virgen María fue asunta al cielo, la Iglesia no renunció a poseer reliquias marianas.

Como no podían ser estrictamente corporales, lo eran extrínsecas o de contacto: velos, cinturones o túnicas de la Virgen se veneraban en el Medievo en algunas iglesias y catedrales.

La de Toledo aún guarda la piedra que pisó la Madre de Dios, cuando se apareció al obispo Ildefonso, allá por el siglo VII.

No faltaron, empero, las iglesias que decían poseer reliquias marianas reales, como mechones de sus cabellos o gotas de su leche, con las que buscaban consolar al pueblo piadoso.

Motivo de devoción fueron, así mismo, las huellas o medidas de los pies. El papa Juan XXIII de Aviñón (1410-1415) llegó a conceder indulgencias a todos los fieles devotos que besaran dichos podomorfos.

Quizá por ello en el mundo cristiano se conserven muchas huellas grabadas en piedra y consideradas como de los pies de la Virgen. Esculpidas por algún cantero o producto de la erosión han sido origen de santuarios y son motivo de romerías.

Aunque muy tardía, el convento de Santa Clara conserva una de esas medidas, si bien bordada sobre seda y enmarcada. Una labor monjil, probablemente decimonónica, calcada de alguna de esas medidas pétreas.

Muestra la planta de un pie rodeado por un halo de rayos, bordado con hilos de oro, y cristales azules. En el centro lleva escrita con tinta la leyenda latina «Vestigium + B[eatae] M[ariae] V[irginis]», que puede traducirse como huella del pie de la Bienaventurada Virgen María.

Completan el cuadro un sencillo bordado con ramas y flores, que nacen de los ángulos, y mariposas en los comedios.

PIEZA DEL MES - ABRIL 2013

 

Ecce Homo
Óleo sobre lienzo y madera
60 x 41 cm
Siglo XVII
Monasterio de Santa María del Valle, Zafra

La expresión, que da título, se refiere a Cristo y la pone en boca de Pilato Juan en su Evangelio (Jn 19 5).
Después de ser azotado, Jesús es llevado a las puertas del pretorio. Es entonces cuando el gobernador señalándolo, y volviéndose a los judíos allí congregados, dice: «Ecce Homo», que se ha traducido como “aquí tenéis al Hombre”.
Aunque este pasaje, la “Presentación al pueblo”, ya había sido interpretado artísticamente desde época altomedieval, hay que esperar al siglo XV para que se represente a Cristo solo, sin los otros actores del relato evangélico.
Jesús, llagado y escarnecido, se nos muestra como un Rey insólito: cubierto con un manto púrpura, coronado de espinas, maniatado y con una caña como cetro. Era el modo de afrentarlo que hallaron los sayones, una burda burla a la contestación: «Mi Reino no es de este mundo», dada a las preguntas sobre su realeza formuladas por Pilato.
En la pieza expuesta prima lo emotivo sobre cualquiera otra consideración. Pensada para la devoción íntima, encontraría en la celda monjil, pendiendo sobre la pared encalada, el ámbito adecuado. Allí, en soledad, la contemplación de este Cristo doliente movería a un acercamiento más vívido de los misterios de la pasión y muerte del Redentor.
El lienzo tiene una hechura poco usual: sin bastidor ni marco, un larguero cilíndrico de madera permitía enrollarlo para su traslado. Se colgaría con una cinta o un cordón de seda.


Restaurada en 2012 por Alfonso Buendía Martos, del Departamento de Restauración de la Facultad de Bellas Artes de Sevilla, por encargo de la Dirección de Patrimonio Cultural de la Consejería de Educación y Cultura del Gobierno de Extremadura.

PIEZA DEL MES - MARZO 2013

 

Santa Catalina de Bolonia
Estampa calcográfica
32 x 34 cm
Diego de Cossa
1716
Monasterio de Santa María del Valle, Zafra

 

En 1413 nacía en Bolonia, Catalina Vigri, que llegaría a ser conocida como santa Catalina de Bolonia.

De noble ascendencia, se le procuró una formación humanística encaminada al casamiento; pero, atraída por la vida de claustro, preferiría profesar como clarisa.

En el convento pronto se admiró su misticismo, sus visiones sobrenaturales y su entrega a la comunidad.

Resultado de su formación, de sus crisis de juventud y de su piedad insondable es el Tratado de las siete armas espirituales, orientado a la formación de las novicias y de las almas atribuladas. Pero, también, una serie de obras pictóricas que reflejan su concepto devoto de la imagen religiosa y que le han valido ser considerada patrona de los artistas.

Fallecida en su ciudad natal, en 1463, su cuerpo incorrupto sigue mostrándose a los fieles, en el monasterio que fundara, como se representa en la estampa, obra del grabador madrileño Diego de Cossa.

Según José Caveda, académico decimonónico de la Real de San Fernando, Cossa trabajaba «conforme al estilo francés, con espíritu y valentía» y era uno de los grabadores españoles que, «sin salir de su país, dieron repetidas pruebas de lo que llegarían a ser formados en mejor escuela».

Esta pieza fue grabada para ilustrar la versión al español de una biografía de la santa, por la que se había despertado un nuevo interés tras ser beatificada en 1712.