ActividadesPieza invitada
Nombramiento del segundo conde de Feria como alcalde de Fregenal de la Sierra Papel y tinta 37.4 x 31.2 cm Sevilla, 13 de febrero de 1491 Archivo Histórico Municipal, Zafra
Este documento, el más antiguo del archivo, permite conocer una faceta de la actividad pública de Gomes II Suárez de Figueroa, segundo conde de Feria entre 1461 y 1505.
Aunque mostró fidelidad al rey Enrique IV, lo que le permitió ampliar el condado, tras su muerte en 1474 tomó partido en favor de Isabel y Fernando, jugando un importante papel en la guerra de Sucesión. Mas la cercanía del condado a Portugal, que apoyaba a la otra pretendiente al trono, Juana, apodada La Beltraneja, ocasionó que algunas de sus villas y tierras fueran arrasadas. Con sus tropas acudiría, después, a la guerra y toma de Granada.
Para compensar la ayuda del conde, los Reyes Católicos le hicieron diferentes mercedes, entre ellas la dotación y concierto de matrimonio con María de Toledo, una de las hijas del primer duque de Alba en 1491.
Casi al tiempo había sido nombrado caballero veinticuatro del concejo o corporación municipal de Sevilla. Un cargo, de nombramiento real, que era llamado así por ser 24 los miembros que componían la institución.
Esta regiduría, asociada a la nobleza, llevaba aneja la percepción de rentas y sueldos derivados del ejercicio de gobierno y justicia en la ciudad y en las villas controladas por el concejo sevillano. Este fue el caso de la villa de Fregenal, cuya alcaldía de Justicia, al quedar vacante, fue ocupada por el conde; si bien brevemente, ya que en marzo de 1492 renunciaría a la veinticuatría para centrarse en la gobernación de su condado de Feria.
Galería alta
Hasta el 19 de julio de 2024
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Nuestra Señora de los Remedios Madera, asta, cristal, tejidos y plata en su color 168 x 62 x 45 cm Finales del siglo XV, principios del siglo XVI
Iglesia de Nuestra Señora de Candelaria, Zafra
En el crucero de la antigua Colegial se alza el retablo de “Los Remedios”, una pieza de traza clasicista que enmarca nueve lienzos de Zurbarán y su taller. En su única hornacina, hasta los pasados años setenta, se veneraba esta imagen que fue, entonces, retirada del culto por considerarse carente de valor artístico.
Nuestra Señora de los Remedios, el icono mariano que mayor devoción concitaba en la Zafra de la Edad Moderna por su fama milagrosa, despreciada, primero, e ignorada, después, ha permanecido en un almacén parroquial deteriorándose hasta que ha sido rescatada y restaurada a la espera de volver al retablo al que da nombre.
Su rostro ovalado de expresión solemne, su sonrisa intuida y sus afectuosas manos de dedos largos y delicados, nos hablan del hacer imaginero aún medievalizante a caballo entre los siglos XV y XVI. Tiempo después, fue retallada para poder ser vestida y sustituida o añadida la imagen del Niño.
La talla procede de la iglesia que hubo en medio de la actual plaza Grande. Dentro se encontraba el “altar de San Ildefonso”, en él que obtendría cobijo, que mantuvo en el que se instaló, décadas después, con idéntica advocación en el nuevo templo. Así refiere un inventario de 1633, realizado diez años antes de que Alonso de Salas Parra encargase el retablo zurbaranesco.
Desde el siglo XVI hasta finales del XVIII, la Virgen procesionaba el Jueves Santo, enlutada, acompañando al Cristo yacente, en la comitiva penitencial de la cofradía de la Vera Cruz.
Del 25 de julio al 22 de septiembre de 2019
Sacristía conventual
Retablillo del Cristo del Pozo
Madera dorada y policromada
Madera y telas
Taller zafrense
Siglo XVII - XIX
Capilla del Pozo, Zafra
El 24 de septiembre de 1787, un hombre yendo a sacar agua del pozo, que da nombre a la calle, vio flotando la imagen de un Crucificado. Congregado el vecindario y avisada la clerecía, fue extraída con una escarpia que, aún, cuelga como testigo junto a la imagen. Informado el obispo de Badajoz resolvió que se expusiese a la devoción en la iglesia o en las inmediaciones del pozo. Por lo que, en 1792 y a costa de los vecinos, “se dispuso una decente capillita”, donde “permanece con luz toda la noche”.
La capilla, embutida en una de las casas de la calle, es tan modesta que apenas supera el metro cuadrado en planta. Cubierta con una bóveda de arista, tiene en su frente el altar con el retablo y, a la izquierda, un nicho en el que se colocaba la lámpara que lo iluminaba.
El crucificado es una talla policromada de regusto manierista, fechable a comienzos del siglo XVII, y destinada a la devoción doméstica
El retablillo seguramente es reaprovechado y obra del último tercio del siglo. Lleva, en el comedio, para alojar la imagen una hornacina cruciforme, que se enmarca con pilastrillas con cartelas y remata en un frontón curvo y volutas laterales con cogollos de frutas. Es obra vinculada a la escuela de Blas de Escobar, quizá se deba a su discípulo Alonso Rodríguez Lucas.
En el siglo XIX se añadió al retablo un zócalo de madera con una hornacina para alojar una Dolorosa, que venía a completar el significado pasional de la capilla.
Diez años después el Cristo del Pozo vuelve al Museo Santa Clara
En septiembre de 2008, el Cristo del Pozo y su retablillo estuvieron expuestos en el Museo como Pieza del Mes. Ahora, exactamente diez años después vuelven para resguardarlos tras el intento frustrado de asalto a la capilla. Tras el arreglo de la puerta que destrozaron unos desaprensivos volverán a la misma.
Noticia en la prensa
Custodia Procesional de la Colegial Insigne
Ostensorio
Plata dorada
Taller madrileño
1605
Templete
Plata en su color y dorada sobre alma de madera
José Portillo
Taller sevillano
1683
Cofradía Sacramental
Parroquia de Nuestra Señora de Candelaria, Zafra
La primera duquesa de Feria, en abril de 1605, al instituir una fundación para dar culto al Santísimo Sacramento en la entonces iglesia mayor de Zafra, envió desde Madrid un ostensorio o custodia de plata sobredorada y facultó a la Hermandad Sacramental para aceptar cualquier manda o limosna. Lo que explica que desde 1683 esté incorporado a un templete procesional, que ofrendaron Alonso Sánchez Ortiz y su mujer Isabel Enríquez, mayordomos de dicha cofradía.
El ostensorio muestra líneas clasicistas, propias de la platería de comienzos del XVII. Concebido como una sucesión de microarquitecturas, sobre las que tan solo resaltan una guirnalda, unos querubines y una fina decoración burilada, se coronada con un sol de rayos alternantes y cruz central, para acoger el viril con la hostia consagrada.
El templete o urna, de casi dos metros de altura, es ya obra plenamente barroca repleta de motivos naturalistas, cartelas y volutas repujados, a los que se suman algunos querubes en relieve. Consta de un pedestal mixtilíneo y cuatro columnas salomónicas que reciben arcos de medio punto y una cúpula bulbiforme, con su linterna, campanilla e imagen de la Fe en el coronamiento. Dentro, otra peana de movidas formas aúpa el ostensorio y se rodea de otras cuatro menores, que hacen lo propio con las imágenes de los Doctores de la Iglesia Occidental: san Ambrosio, san Jerónimo, san Agustín y san Gregorio Magno.
Las dos piezas carecen de marcas, pero mientras la autoría del ostensorio aún permanece anónima, la del templete está documentada como obra de José Portillo (c. 1650-1685), un platero sevillano que, a pesar de su corta vida, dejó una producción brillante.
Inscripción en la peana:
ESTA VRNA DIO DE LIMOSNA ALONSO SANCHEZ ORTIZ/ Y SV MVGER DOÑA YSABEL ENRIQVEZ SIENDO/ MAIORDOMOS DE LA COFRADRIA DEL SANTISSIMO SACRAMEN/NTO/ DE LA YG[L]EZIA COLEGIAL DESTA BILLA DE SAFRA [H]ISOSE AÑO 1683
Sacristía conventual
Del 5 de junio al 2 de septiembre de 2018
TRIUNFO DE LA INMACULADA SOBRE EL DRAGÓN APOCALÍPTICO
Óleo sobre lienzo
106 x 135 cm
Taller sevillano
Mediados del siglo XVII
Colección particular, Zafra
A lo largo del siglo XVII hubo un florecimiento de la tesis inmaculadista, que argumentaba que la Virgen había sido concebida limpia del pecado original. Fue tal, que incluso la Monarquía española llegaría a preconizar este postulado para su elevación a dogma.
Pero la creencia era antigua. Las certidumbres de los primeros siglos fueron retomadas, en el medievo, por los franciscanos que se convirtieron en sus adalides.De ahí la presencia, en el lienzo, tanto del rey católico, quizá Felipe IV, como de un fraile, san Francisco seguramente, que flanquean a una mujer alada, que representa a la Inmaculada Concepción, rodeada de ángeles portadores de soles, como ella, con motes referidos a su pureza.
Es una iconografía infrecuente, cuyo sustento ideológico se encuentra en el Apocalipsis, 12 1-17, en el que se narra la «Visión de la Mujer y el Dragón».
Si en el capítulo, se reconoce a este como Satanás; en la Mujer se ha visto a María, que recibió «las dos alas del águila grande» para salvarse del maligno. Entonces, el Dragón de siete cabezas, irritado por no poder matarla, «se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos», a los que se identifica con los seguidores de Jesús.
En esta ofensiva contra la cristiandad, bajo el sol y la luna, la Virgen alada, el rey y el santo, conjurados, amarran con el cordón franciscano al Dragón, que se revuelve ante las estocadas que le infligen el Hijo, Cristo Nazareno en sayal, y la Iglesia. Envolviendo la batalla, se disponen el Tetramorfos, las Mujeres fuertes y guerreros antiguos.
Una alegoría franciscana sostenida en las Escrituras y en el verbo, de ahí los textos alusivos a María y las plumas portadas por los personajes.